El fundador de los Pasionistas hizo de la contemplación de la Pasión de Cristo una misión de amor, esperanza y servicio. Su testimonio invita a los cristianos dominicanos a renovar su compromiso bautismal y a descubrir a Jesús en quienes sufren.
Cada 19 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de san Pablo de la Cruz, sacerdote italiano y fundador de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, conocida como los Pasionistas. Su vida constituye un testimonio de profunda espiritualidad, entrega misionera y amor a Cristo crucificado, cuyo sacrificio contempló como la expresión más grande del amor de Dios por la humanidad.
Su legado continúa interpelando a la Iglesia de nuestro tiempo: ¿cómo podemos anunciar el Evangelio en una sociedad marcada por la indiferencia, las desigualdades, la violencia y el sufrimiento de tantas familias?
Una vida entregada al amor de Dios
Pablo Francisco Danei nació el 3 de enero de 1694 en Ovada, Italia. Desde joven manifestó una profunda sensibilidad religiosa, alimentada por la oración, la participación en la Eucaristía y el deseo de servir al Señor.
Su experiencia espiritual lo llevó a descubrir que la Pasión de Jesucristo no debía contemplarse únicamente como el recuerdo de un acontecimiento doloroso, sino como la manifestación del amor de Dios, que entrega a su Hijo para la salvación del mundo.
Con esta convicción, comenzó a discernir la fundación de una comunidad religiosa dedicada a anunciar el misterio de la Cruz. Después de años de preparación, recibió la autorización para reunir compañeros y avanzar en la fundación de la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Fue ordenado sacerdote en 1727.
San Pablo de la Cruz dedicó buena parte de su ministerio a la predicación de misiones populares, los retiros espirituales, la dirección de las almas y el acompañamiento de quienes necesitaban reencontrarse con Dios. También escribió numerosas cartas de orientación espiritual, procurando ayudar a las personas a crecer en la fe y perseverar en su camino cristiano.
Murió en Roma el 18 de octubre de 1775 y fue canonizado por el papa Pío IX en 1867. La Iglesia celebra su memoria el 19 de octubre.
Sus principales aportes a la Iglesia y a la fe
Uno de los grandes aportes de san Pablo de la Cruz fue impulsar una espiritualidad centrada en la Pasión de Jesucristo. Para él, contemplar la Cruz significaba profundizar en el amor divino y dejar que ese amor transformara la vida personal y comunitaria.
Su legado puede comprenderse desde tres dimensiones fundamentales.
1. La centralidad de Cristo en la vida cristiana. San Pablo enseñó que el seguimiento de Jesús requiere conocerlo, amarlo y permitir que su Evangelio transforme nuestras decisiones. La Cruz no representa la derrota definitiva, sino el amor que se entrega y abre el camino a la Resurrección.
2. La evangelización mediante la predicación y el testimonio. Su labor misionera procuró acercar el mensaje de salvación a las personas y comunidades que necesitaban renovar su fe. Comprendió que anunciar a Cristo exigía preparación espiritual, coherencia de vida y disposición para salir al encuentro de los demás.
3. La compasión ante el sufrimiento humano. La contemplación de Jesús crucificado lo impulsó a reconocer el valor de cada persona y a acompañar a quienes atravesaban momentos difíciles. Su espiritualidad recuerda que no podemos venerar la Cruz de Cristo mientras ignoramos el dolor de nuestros hermanos.
La familia pasionista continúa difundiendo este carisma, invitando a contemplar la Pasión del Señor y a traducir esa experiencia en acciones concretas de compasión, reconciliación y esperanza.
San Pablo de la Cruz y la vivencia de nuestro bautismo
El bautismo nos incorpora a Cristo, nos hace miembros de la Iglesia y nos compromete a vivir como discípulos y misioneros. A la luz del testimonio de san Pablo de la Cruz, este compromiso adquiere una profundidad especial.
Vivir nuestro bautismo significa identificarnos con Jesús y hacer visible su amor en la vida cotidiana. No basta con llevar un nombre cristiano, participar ocasionalmente en las celebraciones o conservar algunas tradiciones religiosas. Estamos llamados a convertir el Evangelio en una forma concreta de vivir.
La espiritualidad de este santo nos propone tres caminos para renovar nuestra identidad bautismal.
El primero es fortalecer nuestra relación con Dios mediante la oración, la escucha de la Palabra y la participación consciente en la Eucaristía. Una fe alimentada por el encuentro con Cristo puede sostenernos en las dificultades y ayudarnos a tomar decisiones coherentes con el Evangelio.
El segundo consiste en aprender a mirar el sufrimiento de los demás con compasión. El cristiano bautizado no permanece indiferente ante una familia que carece de alimentos, un enfermo sin compañía, un joven expuesto a la violencia o una persona mayor abandonada. En cada uno de ellos estamos llamados a reconocer la dignidad humana y ofrecer una respuesta solidaria.
El tercero es asumir la misión evangelizadora desde nuestra propia vocación. Sacerdotes, religiosos, catequistas, padres y madres de familia, jóvenes y agentes pastorales podemos anunciar a Jesús mediante la palabra, pero también con el respeto, la honestidad, el perdón y el servicio desinteresado.
Un mensaje para las comunidades dominicanas
En la República Dominicana, donde las parroquias, capillas y comunidades eclesiales desempeñan un papel importante en la formación espiritual y humana, el testimonio de san Pablo de la Cruz constituye una invitación a fortalecer una Iglesia cercana a las personas.
En nuestros barrios y campos hay familias que necesitan acompañamiento, jóvenes que buscan orientación, enfermos que esperan una visita y personas que han perdido la esperanza. La respuesta cristiana no puede limitarse a las palabras: debe expresarse en comunidades que oren, escuchen, eduquen, sirvan y promuevan la dignidad de cada ser humano.
Las parroquias pueden encontrar en su espiritualidad una motivación para impulsar retiros, jornadas de oración, misiones populares, acompañamiento a los enfermos y acciones solidarias con las familias vulnerables.
De igual manera, quienes ejercen el ministerio sacerdotal y la vida consagrada están llamados a renovar su entrega, mientras que los laicos pueden hacer de sus hogares, centros de trabajo y espacios comunitarios lugares donde se manifieste el amor de Cristo.
Contemplar la Cruz, desde esta perspectiva, no significa resignarse ante la injusticia o aceptar pasivamente el sufrimiento evitable. Significa encontrar en el amor de Jesús la fuerza para acompañar al que sufre, trabajar por la reconciliación y construir una sociedad más fraterna.
Una cruz que anuncia esperanza
San Pablo de la Cruz nos recuerda que el centro de la fe cristiana es Jesucristo, que amó hasta entregar su vida y venció la muerte mediante la Resurrección.
Su testimonio nos invita a preguntarnos si nuestra vida refleja verdaderamente la gracia recibida en el bautismo, si nuestras comunidades son espacios de acogida y si estamos dispuestos a servir a quienes más necesitan experimentar el amor de Dios.
En este 19 de octubre, la Iglesia que peregrina en la República Dominicana puede encontrar en el fundador de los Pasionistas una llamada a renovar su compromiso misionero: contemplar a Cristo crucificado, reconocerlo en los hermanos y anunciar con obras la esperanza del Resucitado.
Porque vivir el bautismo es permitir que el amor de Jesús transforme nuestro corazón y nos convierta en instrumentos de paz, solidaridad y esperanza allí donde Dios nos ha llamado a servir.


