El 28 de septiembre, la Iglesia hace memoria de San Wenceslao, mártir, y de San Lorenzo Ruiz y sus compañeros mártires. Separados por siglos, culturas y continentes, sus vidas tienen un punto de encuentro: ambos entendieron que seguir a Cristo exige una fidelidad capaz de transformar la vida cotidiana y permanecer firme incluso ante la prueba. Su testimonio interpela hoy a todos los bautizados, también a quienes peregrinan en la República Dominicana.
Hay fechas en el calendario litúrgico que nos invitan a mirar hacia el pasado, pero que, al mismo tiempo, plantean preguntas profundamente actuales. El 28 de septiembre es una de ellas. La Iglesia recuerda a San Wenceslao, duque de Bohemia y mártir, y a San Lorenzo Ruíz y sus compañeros mártires, testigos de Cristo en Japón durante las persecuciones del siglo XVII.
Sus historias son diferentes. Wenceslao vivió en la Europa del siglo X y ejerció responsabilidades de gobierno; Lorenzo Ruiz nació en Manila, fue esposo, padre de familia y laico vinculado a la misión dominicana. Sin embargo, ambos muestran que la fe cristiana no puede quedarse solamente en palabras: tiene que convertirse en una manera concreta de vivir.
Para un cristiano, el bautismo no es únicamente el recuerdo de un día celebrado en la infancia. Es el comienzo de una vida nueva en Cristo, una llamada permanente a vivir como discípulo, a amar, servir, perdonar y permanecer fiel al Evangelio.
San Wenceslao: la fe puesta al servicio del pueblo
San Wenceslao nació en Bohemia a comienzos del siglo X y recibió una sólida formación cristiana, especialmente bajo la influencia de su abuela, Santa Ludmila. Llegó al gobierno siendo muy joven y, según la tradición cristiana, procuró orientar su autoridad por la justicia, la paz y la fe. La Iglesia lo recuerda como duque de Bohemia y mártir.
Su vida resulta especialmente significativa porque permite comprender que la fe no se vive solamente dentro del templo. Wenceslao tuvo responsabilidades públicas y procuró ejercerlas desde los valores que había recibido.
La tradición lo presenta como un gobernante preocupado por la expansión del cristianismo, la atención a los pobres y el fortalecimiento de la vida de la Iglesia. Su testimonio recuerda que las responsabilidades sociales y profesionales también pueden convertirse en espacios para vivir la vocación cristiana.
Wenceslao murió asesinado el 28 de septiembre del año 935, víctima de una conspiración en la que estuvo implicado su propio hermano. La Iglesia lo veneró como mártir y patrono de Bohemia.
Su martirio plantea una pregunta que sigue siendo necesaria: ¿qué hacemos con nuestra fe cuando vivirla con coherencia tiene un costo?
No todos los cristianos están llamados al martirio de sangre. Pero todos estamos llamados a dar testimonio.
San Lorenzo Ruíz: un bautizado en medio de la vida cotidiana
La historia de San Lorenzo Ruiz tiene una característica particularmente cercana a la experiencia de millones de cristianos: antes de ser mártir fue simplemente un hombre que vivía su fe en medio de las responsabilidades ordinarias.
Nació en Binondo, Manila, en 1594. Fue educado por los dominicos, sirvió como monaguillo y trabajó como calígrafo. Se casó con Rosario y tuvo tres hijos. Participó en la vida de su comunidad cristiana y llevó adelante las responsabilidades propias de un esposo y padre de familia.
Su historia demuestra que la santidad no comienza necesariamente en situaciones extraordinarias. Puede comenzar en una familia, en el trabajo, en la parroquia, en el servicio a los demás y en la fidelidad a las pequeñas responsabilidades de cada día.
La vida de Lorenzo cambió radicalmente cuando fue involucrado en una acusación y decidió acompañar a un grupo de misioneros dominicos que se dirigía hacia Japón. En aquel momento, la comunidad cristiana japonesa sufría una intensa persecución. Lorenzo y sus compañeros fueron capturados, encarcelados y sometidos a torturas para obligarlos a renunciar a su fe.
El hombre que había sido esposo, padre y trabajador se convirtió entonces en un testigo público de Cristo.
Su fidelidad no eliminó el miedo. La grandeza de Lorenzo está precisamente en que, enfrentado a una prueba extrema, permaneció unido a Cristo.
Finalmente murió como mártir en Japón en 1637. Junto a él dieron testimonio otros compañeros vinculados de diversas maneras a la misión dominicana. El grupo canonizado está formado por hombres y mujeres de diferentes procedencias, entre ellos sacerdotes, religiosos, novicios y laicos.
Una fe que no depende de las circunstancias
Wenceslao y Lorenzo vivieron en circunstancias completamente diferentes. Uno fue gobernante en la Europa medieval; el otro, un laico casado y padre de familia en Filipinas. Uno murió en el siglo X; el otro, en el XVII.
Pero sus vidas conducen hacia una misma verdad: la identidad cristiana se demuestra especialmente cuando llega el momento de tomar decisiones difíciles.
El bautizado recibe una vocación. No se trata únicamente de haber recibido agua sobre la cabeza y haber pronunciado unas palabras sacramentales. El bautismo incorpora al cristiano a Cristo y a su Iglesia y abre un camino de conversión que debe prolongarse durante toda la existencia.
Por eso, recordar a los mártires puede ayudarnos a revisar nuestra propia vida.
¿Somos coherentes con la fe que profesamos?
¿Nuestra manera de tratar a los demás refleja el Evangelio?
¿Nuestra familia puede reconocer en nosotros los valores de Cristo?
¿Nuestro trabajo está marcado por la honestidad y el servicio?
¿Somos capaces de defender la verdad sin convertirnos en personas violentas?
¿Sabemos perdonar?
¿Participamos activamente en la vida de nuestra comunidad cristiana?
Estas preguntas tienen una importancia particular en una sociedad que necesita recuperar el valor de la solidaridad, la honestidad, el respeto a la vida, la responsabilidad familiar y el compromiso con el bien común.
Vivir el bautismo en la República Dominicana
El testimonio de San Wenceslao y San Lorenzo Ruíz también puede ser leído desde la realidad dominicana.
La República Dominicana es un pueblo de profundas raíces cristianas. La fe está presente en muchas familias, parroquias, comunidades, movimientos y espacios de servicio. Sin embargo, una sociedad cristiana no se construye solamente con celebraciones religiosas. También necesita hombres y mujeres capaces de llevar el Evangelio a las decisiones de cada día.
El bautismo tiene consecuencias concretas.
Un padre bautizado está llamado a educar a sus hijos en el amor y en la responsabilidad.
Una madre bautizada está llamada a construir un hogar donde se respete la dignidad de cada persona.
Un joven bautizado está llamado a descubrir que su vida tiene un propósito y que no necesita dejarse arrastrar por todo lo que la sociedad presenta como éxito.
Un trabajador bautizado está llamado a vivir con honestidad.
Un empresario bautizado está llamado a reconocer la dignidad de sus trabajadores.
Un profesional bautizado está llamado a poner sus conocimientos al servicio de la sociedad.
Un ciudadano bautizado está llamado a contribuir al bien común.
Y un cristiano que ocupa una responsabilidad pública está llamado a recordar que toda autoridad debe ejercerse como servicio.
En este sentido, San Wenceslao ofrece un testimonio particularmente significativo: la fe puede iluminar el ejercicio de las responsabilidades sociales. San Lorenzo Ruiz, por su parte, recuerda que también la vida sencilla de una familia puede convertirse en camino de santidad.
El martirio comienza con la fidelidad cotidiana
Cuando escuchamos la palabra “mártir”, podemos pensar inmediatamente en una persona que derramó su sangre por Cristo. Esa es, efectivamente, la expresión más radical del martirio.
Pero antes de llegar a ese momento existe un camino.
El mártir aprende a ser fiel.
Aprende a orar.
Aprende a servir.
Aprende a perdonar.
Aprende a amar.
Aprende a renunciar al egoísmo.
Aprende a poner a Cristo en el centro de su existencia.
Por eso, el testimonio de los mártires también habla de nuestras pequeñas decisiones.
Cada vez que un cristiano rechaza una mentira, aunque decir la verdad le resulte incómodo, está dando testimonio.
Cada vez que alguien perdona en lugar de alimentar el odio, está dando testimonio.
Cada vez que una familia permanece unida en medio de una dificultad y busca a Dios, está dando testimonio.
Cada vez que un joven decide vivir con dignidad en medio de las presiones de su entorno, está dando testimonio.
Cada vez que una persona sirve al necesitado sin buscar reconocimiento, está dando testimonio.
La santidad no siempre hace ruido. Muchas veces crece silenciosamente.
Dos mártires que hablan al bautizado de hoy

San Wenceslao y San Lorenzo Ruíz nos recuerdan que la fe no pertenece solamente al pasado.
Wenceslao nos invita a poner nuestras responsabilidades al servicio del bien, especialmente cuando tenemos autoridad o influencia sobre otras personas.
Lorenzo nos recuerda que un esposo, un padre, un trabajador y un laico también pueden alcanzar una profunda santidad cuando viven su vocación con fidelidad.
Ambos nos enseñan que las circunstancias no deben determinar la profundidad de nuestra fe.
El bautizado no puede elegir solamente los momentos cómodos del Evangelio. La fidelidad cristiana se manifiesta también cuando aparecen las dificultades.
En una época marcada por la incertidumbre, la polarización, la violencia, la indiferencia y el individualismo, el testimonio de los mártires vuelve a plantear una pregunta esencial: ¿hasta dónde estamos dispuestos a vivir aquello que profesamos?
No se trata de buscar el sufrimiento ni de provocar conflictos. Se trata de permanecer fieles a Cristo cuando la vida nos exige escoger entre la comodidad y la verdad, entre el egoísmo y el servicio, entre la indiferencia y la solidaridad.
Una Iglesia que necesita testigos
La Iglesia necesita hoy hombres y mujeres que hagan visible el Evangelio.
Necesita padres que eduquen con el ejemplo, jóvenes que no tengan miedo de vivir su fe, matrimonios que comprendan su vocación como camino de santidad, sacerdotes y consagrados entregados a su misión y laicos comprometidos con la transformación cristiana de la sociedad.
San Wenceslao y San Lorenzo Ruíz pertenecen a épocas distintas, pero su mensaje continúa siendo actual: Cristo merece una fidelidad que abarque toda la existencia.
Sus vidas nos recuerdan que el bautismo es una llamada a vivir como discípulos y misioneros. No basta con decir que somos cristianos; estamos llamados a permitir que nuestra manera de vivir confirme aquello que nuestros labios profesan.
Que los mártires intercedan por nosotros
Al recordar a San Wenceslao, mártir, y a San Lorenzo Ruiz y sus compañeros mártires, la Iglesia nos invita a mirar hacia Cristo, aquel por quien ellos entregaron su vida.
Pidamos su intercesión por nuestras familias, nuestras parroquias, nuestras comunidades y por toda la República Dominicana.
Que San Wenceslao nos ayude a ejercer nuestras responsabilidades con justicia, misericordia y espíritu de servicio.
Que San Lorenzo Ruíz fortalezca a los padres y madres de familia para que descubran en la vida cotidiana un camino de santidad.
Que sus compañeros mártires nos enseñen que la fe puede unir a personas de diferentes culturas, edades y estados de vida en una misma entrega a Jesucristo.
Y que todos ellos intercedan ante Dios para que los dominicanos sepamos vivir con mayor fidelidad las promesas de nuestro bautismo.
Porque el desafío no consiste solamente en haber sido bautizados.
El desafío es vivir como bautizados.
Y, en esa tarea, la vida de los mártires sigue siendo una luz para la Iglesia que peregrina hoy.
San Wenceslao, mártir, ruega por nosotros.
San Lorenzo Ruíz y compañeros mártires, rueguen por nosotros.
Que nunca nos falte la gracia de permanecer fieles a Cristo.

