Su vida, su testimonio y lo que su ejemplo puede decirle hoy a la Iglesia que peregrina en la República Dominicana
Cada 19 de septiembre, la Iglesia recuerda a San Jenaro, obispo y mártir, uno de los grandes testigos de la fe cristiana de los primeros siglos. Su nombre permanece profundamente unido a la ciudad de Nápoles, donde es venerado como patrono, pero su testimonio trasciende las fronteras de Italia y llega hasta nuestros días como una invitación a vivir una fe comprometida, caritativa y capaz de permanecer firme en medio de las dificultades.
San Jenaro vivió durante la segunda mitad del siglo III y los primeros años del siglo IV, en un período particularmente difícil para los cristianos. Según la tradición recogida por Vatican News, pudo haber nacido en Nápoles o en Benevento y, siendo todavía joven, fue elegido obispo de Benevento. Se distinguió por su cercanía a los pobres y por una caridad que no hacía distinción entre personas. Era querido por los cristianos y respetado incluso por quienes no compartían su fe.
Su historia recuerda una verdad fundamental del cristianismo: la santidad no consiste solamente en defender una doctrina, sino en hacer visible el Evangelio con la propia vida.
UN OBISPO CERCANO A SU PUEBLO
San Jenaro ejerció su ministerio episcopal en un momento en que la situación de los cristianos comenzó a cambiar radicalmente.
Durante los primeros años del gobierno del emperador Diocleciano existió todavía cierta libertad para los cristianos. Sin embargo, alrededor del año 303 comenzó una fuerte persecución contra quienes profesaban la fe cristiana. La situación cambió y muchos discípulos de Cristo fueron encarcelados y llevados al martirio.
En ese contexto, Jenaro no se escondió.
La tradición cuenta que visitó a cristianos perseguidos y encarcelados, entre ellos su amigo Sosio, diácono de Miseno. Junto con el diácono Festo y el lector Desiderio, habría intentado interceder por él. Finalmente, Jenaro y sus compañeros fueron apresados.
Las antiguas fuentes no coinciden completamente en todos los detalles de su martirio. El propio relato del Vaticano presenta diferentes tradiciones sobre las circunstancias de su muerte. Lo que permanece como elemento central es que Jenaro fue ejecutado durante las persecuciones de Diocleciano, alrededor del año 305, y entregó su vida por su fidelidad a Cristo.
Su martirio ocurrió en la zona de Pozzuoli, cerca de Nápoles.
La muerte no significó para él el fracaso de su misión. Por el contrario, su sangre se convirtió, para las generaciones posteriores, en memoria de una vida entregada.
EL TESTIMONIO DE LA CARIDAD
Antes de hablar del mártir conviene detenerse en el obispo.
San Jenaro no fue recordado únicamente porque murió por Cristo. Fue recordado también porque vivió para Cristo antes de morir por Él.
Su cercanía a los pobres constituye uno de los elementos más importantes de su testimonio. Vatican News señala que era amado por sus fieles y respetado incluso por los paganos debido a sus obras de caridad, realizadas sin distinción.
Aquí encontramos una enseñanza profundamente actual.
La Iglesia peregrina en la República Dominicana está llamada a anunciar a Jesucristo, pero ese anuncio no puede separarse de la preocupación por la dignidad humana.
En nuestras comunidades existen familias que luchan para llegar a fin de mes, personas mayores que viven en soledad, jóvenes que buscan oportunidades, madres que enfrentan dificultades, migrantes, enfermos, personas privadas de libertad y tantas realidades que necesitan no solamente discursos, sino presencia cristiana.
San Jenaro nos recuerda que el bautizado no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de su hermano.
UNA SANGRE QUE SE CONVIRTIÓ EN MEMORIA
Una de las expresiones más conocidas de la devoción a San Jenaro está relacionada con las reliquias de su sangre.
Según la tradición, una mujer llamada Eusebia recogió parte de la sangre derramada por el obispo mártir y la conservó en dos ampollas. Con el paso de los siglos, estas reliquias quedaron vinculadas profundamente a la devoción del pueblo napolitano.
La tradición de la licuefacción de la sangre se documenta desde la Edad Media. Vatican News señala que la reliquia fue expuesta por primera vez en 1305 y que el fenómeno de la licuefacción está documentado desde 1389. Actualmente, la reliquia se presenta públicamente en tres ocasiones tradicionales durante el año: en mayo, el 19 de septiembre y el 16 de diciembre.
Es importante señalar que la Iglesia no ha presentado este fenómeno como un milagro oficialmente reconocido. Vatican News ha señalado expresamente esta distinción.
Más allá del fenómeno, existe una realidad espiritual que merece ser contemplada: la sangre de un mártir se convirtió en memoria de una fe que no quiso negociar con el miedo.
Y esa memoria continúa interpelando a los cristianos.
¿QUÉ NOS DICE SAN JENARO A LOS BAUTIZADOS?
La pregunta central no debería ser solamente: ¿quién fue San Jenaro?
También debemos preguntarnos: ¿Qué tiene que ver San Jenaro con mi vida bautismal? Mucho.
El bautismo no es simplemente un acontecimiento del pasado. Es el comienzo de una vida nueva en Cristo. Por el bautismo, el cristiano es incorporado a la Iglesia y llamado a vivir como discípulo y testigo del Evangelio. San Jenaro nos permite identificar varias dimensiones concretas de este compromiso.
1. VIVIR UNA FE VISIBLE
San Jenaro no escondió su condición de cristiano cuando llegaron las dificultades.
Hoy la persecución puede adoptar formas distintas. No siempre se presenta como una condena a muerte o una prisión. También puede aparecer como indiferencia religiosa, relativismo, presión social, pérdida de valores, individualismo o una cultura donde la fe queda reducida al ámbito privado.
El bautizado está llamado a vivir su fe con respeto y coherencia.
No se trata de imponerla a nadie, sino de hacerla visible mediante la propia vida.
La familia, el trabajo, la escuela, las redes sociales, la comunidad y las relaciones personales son espacios donde el bautizado puede dar testimonio.
2. CONVERTIR LA CARIDAD EN UN LENGUAJE DEL EVANGELIO
San Jenaro fue recordado por su atención a los pobres.
Esta dimensión resulta especialmente importante para la Iglesia dominicana.
Una parroquia no puede limitarse a celebrar sacramentos. Está llamada también a acompañar, escuchar, formar, evangelizar y servir.
El bautizado puede preguntarse:
¿Quién necesita hoy de mi ayuda?
Tal vez no podamos solucionar todos los problemas sociales, pero sí podemos aliviar el sufrimiento de alguien que Dios ha colocado cerca de nosotros.
Un alimento compartido.
Una visita a un enfermo.
Una palabra de consuelo.
Una ayuda económica ofrecida con discreción.
El acompañamiento de una familia.
La escucha de un joven.
La defensa de la dignidad de una persona.
También ahí se vive el bautismo.
3. PERMANECER FIRMES EN LAS PRUEBAS
San Jenaro vivió una época de persecución y permaneció fiel.
Para el cristiano dominicano de hoy, esta fidelidad puede traducirse en algo muy concreto: no abandonar a Cristo cuando la vida se complica.
Hay momentos en los que la enfermedad, las dificultades familiares, los problemas económicos, las decepciones, las pérdidas o las crisis personales pueden hacer tambalear nuestra fe.
El testimonio de los mártires nos recuerda que la fidelidad cristiana no depende solamente de que las circunstancias sean favorables.
La fe auténtica también se manifiesta cuando podemos decir:
“Señor, no entiendo lo que está pasando, pero sigo confiando en Ti.”
4. SER IGLESIA EN CAMINO
La expresión “Iglesia peregrina” recuerda que la comunidad cristiana está siempre en camino.
La Iglesia en la República Dominicana tiene una historia profundamente vinculada al anuncio del Evangelio. En 1996, san Juan Pablo II recordó que el 21 de septiembre se cumplían quinientos años de los primeros bautismos celebrados en el Nuevo Mundo, realizados en el territorio de la actual diócesis de La Vega, en la isla de La Española.
Aquella memoria histórica nos recuerda que la fe llegó a estas tierras y comenzó a echar raíces.
Pero una Iglesia peregrina no vive únicamente de su pasado.
Tiene que preguntarse constantemente:
¿Cómo estamos anunciando hoy a Jesucristo?
¿Cómo estamos formando a nuestros bautizados?
¿Cómo estamos acompañando a las familias?
¿Cómo estamos llegando a los jóvenes?
¿Cómo estamos llevando el Evangelio a las periferias sociales y existenciales?
SAN JENARO Y LA MISIÓN DE LOS LAICOS
Uno de los grandes desafíos de la Iglesia actual es ayudar a los laicos a comprender que el bautismo los convierte en protagonistas de la misión evangelizadora.
No todos estamos llamados al sacerdocio o a la vida consagrada.
Pero todos los bautizados estamos llamados a la santidad.
Un padre de familia puede evangelizar desde su hogar.
Una madre puede transmitir la fe a sus hijos.
Un profesional puede vivir la honestidad como testimonio cristiano.
Un joven puede utilizar las redes sociales para comunicar esperanza.
Un catequista puede ayudar a otros a descubrir a Cristo.
Un miembro de una pastoral puede convertir su servicio en una verdadera misión.
Un comunicador católico puede utilizar los medios para anunciar la verdad y promover la dignidad humana.
Así entendemos mejor el testimonio de San Jenaro: la misión cristiana no comienza con el martirio; comienza con una vida entregada cada día.
UNA IGLESIA QUE NECESITA TESTIGOS
La Iglesia peregrina en la República Dominicana necesita hombres y mujeres que no tengan miedo de vivir el Evangelio.
No se trata únicamente de aumentar la cantidad de actividades parroquiales.
Se trata de formar discípulos.
Personas que oren.
Personas que conozcan la Palabra de Dios.
Personas que participen en la Eucaristía.
Personas que sirvan a los pobres.
Personas que perdonen.
Personas que defiendan la vida y la dignidad humana.
Personas capaces de construir puentes.
Personas que sepan utilizar los medios de comunicación y las redes sociales para sembrar esperanza.
Personas que puedan decir con su propia existencia que Cristo sigue siendo una respuesta para el corazón humano.
San Jenaro pertenece a una generación de cristianos que comprendió que el Evangelio no podía reducirse a palabras.
Había que vivirlo.
UNA FE QUE DEBE “ARDER”
Existe una frase atribuida al papa san Pablo VI en referencia a la sangre de San Jenaro que resulta particularmente sugerente: que así como esa sangre se manifiesta en cada celebración, también la fe del pueblo pueda “arder”, renovarse y afirmarse.
Esta imagen puede convertirse hoy en una pregunta para cada bautizado dominicano:
¿Está viva mi fe?
¿Arde mi corazón cuando escucho la Palabra de Dios?
¿Me preocupa la situación espiritual de mi familia?
¿Me duele el sufrimiento de los pobres?
¿Estoy dispuesto a servir en mi comunidad?
¿Doy testimonio de Cristo también fuera del templo?
¿Mi vida ayuda a otras personas a acercarse a Dios?
Porque una Iglesia viva no está formada solamente por personas que asisten a celebraciones religiosas.
Está formada por discípulos que han encontrado a Cristo y permiten que ese encuentro transforme su existencia.
EL DESAFÍO DE SAN JENARO PARA HOY
San Jenaro murió hace muchos siglos, pero su testimonio no pertenece solamente al pasado.
Su vida plantea un desafío actual:
vivir una fe que sea capaz de resistir las dificultades, servir al necesitado y permanecer fiel a Cristo.
En la República Dominicana, donde la tradición cristiana forma parte de nuestra historia y de nuestra cultura, necesitamos pasar de una fe simplemente heredada a una fe verdaderamente asumida.
No basta decir:
“Soy cristiano porque fui bautizado”.
El desafío es poder afirmar:
“Soy bautizado y vivo como discípulo de Jesucristo”.
Ese es precisamente el camino que nos señala San Jenaro.
Un camino de caridad.
Un camino de fidelidad.
Un camino de servicio.
Un camino de misión.
Un camino de santidad.
PARA VIVIR NUESTRO BAUTISMO
Al celebrar la memoria de San Jenaro, podemos asumir cinco compromisos sencillos:
Orar: recuperar cada día un momento personal de encuentro con Dios.
Participar: vivir la Eucaristía y la vida de la comunidad cristiana con mayor conciencia.
Servir: identificar a una persona que necesite nuestra ayuda y acercarnos a ella.
Testimoniar: vivir nuestra fe con coherencia en la familia, el trabajo y las redes sociales.
Perseverar: no abandonar a Cristo cuando aparezcan las dificultades.
San Jenaro nos recuerda que la fe no es una decoración de la existencia.
Es una forma de vivir.
Es una decisión cotidiana.
Es una misión.
Y, cuando es auténtica, puede convertirse en luz para otros.
Que San Jenaro, obispo y mártir, interceda por la Iglesia que peregrina en la República Dominicana y ayude a cada bautizado a descubrir que su vida puede ser también un testimonio de Cristo.
Porque el mundo no necesita solamente cristianos que hablen de Jesús.
Necesita cristianos que vivan como Jesús.


