(Memoria Libre: San Ponciano, Papa y San Hipólito, Presbítero, Mártires)
Jueves, 13 de agosto de 2026
Color: VERD/ROJO
Primera lectura: Ez 12,1-12
Lectura del Profeta Ezequiel
Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, vives en la Casa Rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen; pues son Casa Rebelde. Tú, hijo de Adán, prepara el ajuar del destierro, y emigra a la luz del día, a la vista de todos; a la vista de todos, emigra a otro lugar, a ver si lo ven; pues son Casa Rebelde. Saca tu ajuar, como quien va al destierro, a la luz del día, a la vista de todos; y tú sal al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro. A la vista de todos abre un boquete en el muro y saca por allí tu ajuar. Cárgate al hombro el hatillo, a la vista de todos, sácalo en la oscuridad; tápate la cara, para no ver la tierra, porque hago de ti una señal para la Casa de Israel. Yo hice lo que me mandó; saqué mi ajuar como quien va al destierro, a la luz del día; al atardecer, abrí un boquete en el muro, lo saqué en la oscuridad, me cargué al hombro el hatillo, a la vista de todos. A la mañana siguiente, me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, ¿no te ha preguntado la Casa de Israel, la Casa Rebelde, “qué es lo que hacías”? Pues respóndeles: Esto dice el Señor: Este oráculo contra Jerusalén va por el príncipe y por toda la Casa de Israel que vive allí. Di: “Soy señal para ustedes: lo que yo he hecho lo tendrán que hacer ellos. Irán cautivos al destierro. El Príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el hatillo, abrirá un boquete en el muro para sacarlo, lo sacará en la oscuridad, y se tapará la cara para que no lo reconozcan».
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 77,56-57.58-59.61-62
R/. “No olviden las acciones de Dios”
Tentaron al Dios Altísimo y se rebelaron, negándose a guardar sus preceptos; desertaron y traicionaron como sus padres, fallaron como un arco engañoso. R/.
Con sus altozanos lo irritaban, con sus ídolos provocaban sus celos. Dios lo oyó y se indignó, y rechazó totalmente a Israel. R/.
Abandonó sus valientes al cautiverio, su orgullo a las manos enemigas; entregó su pueblo a la espada, encolerizado contra su heredad. R/.
Evangelio: Mt 18,21-19,1
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
Y les propuso esta parábola: “Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo”. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrodillándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. Pero él se negó, y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Cuando terminó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.
Palabra del Señor
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“¿Hasta cuántas veces? El perdón como camino de paz”
Cada jueves eucarístico contemplamos un nuevo gesto del amor de Dios: Cristo permanece realmente presente en la Eucaristía para fortalecernos, sanar nuestras heridas y comunicarnos su misericordia. Ante Él podemos depositar nuestras cargas y confiar plenamente en su amor. Como decía san Agustín: «Arrójate a Él; no se apartará para que caigas».
En la primera lectura, el profeta Ezequiel recibe la misión de realizar un signo que anuncia el destierro del pueblo de Israel. El Señor le ordena preparar el equipaje de un desterrado y salir por un agujero abierto en el muro, simbolizando la humillación y la inseguridad de un pueblo que se ha alejado de Dios. El exilio no es solo una consecuencia histórica de su infidelidad, sino también el reflejo de lo que ocurre cuando el hombre vive lejos del Señor: pierde la paz, la esperanza y la verdadera libertad. Solo en Dios encontramos la seguridad que nuestro corazón anhela.
Los Padres de la Iglesia enseñan que muchas de nuestras inquietudes nacen de un corazón poco dispuesto a la conversión. Cuando vivimos unidos a Dios mediante la oración, afrontamos con mayor serenidad las dificultades, las ofensas y las incomprensiones. Por el contrario, cuando permitimos que el orgullo, el resentimiento o el egoísmo dominen nuestro interior, cualquier palabra o contratiempo se convierte en motivo de turbación. La verdadera paz comienza cuando aprendemos a mirarnos con humildad y a dejarnos transformar por la gracia.
El Evangelio nos presenta la parábola del siervo despiadado. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar, y Jesús responde que el perdón no tiene límites. Quien ha experimentado la misericordia de Dios está llamado a reflejarla en su relación con los demás. Sin embargo, aquel siervo que fue perdonado es incapaz de condonar una deuda insignificante a su compañero. Jesús evidencia así el contraste entre la inmensa misericordia divina y la mezquindad del corazón humano cuando se deja dominar por el rencor.
Con frecuencia pedimos al Señor que tenga paciencia con nuestras faltas, mientras nos cuesta comprender y perdonar las debilidades de quienes nos rodean. El obstáculo para recibir plenamente la gracia de Dios no radica en la falta de misericordia divina, sino en la dureza de nuestro propio corazón. Quien no perdona termina prisionero del resentimiento; quien perdona experimenta la libertad de los hijos de Dios.
El papa Francisco lo recordó con palabras sencillas y profundas: «Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón». Hoy, ante Jesús Eucaristía, pidámosle un corazón semejante al suyo: humilde para reconocer nuestras faltas, agradecido por la misericordia recibida y generoso para perdonar siempre. Solo así podremos vivir en la paz que nace de sabernos amados y reconciliados con Dios y con nuestros hermanos.
(Guía Litúrgica)
RECONCILIACIÓN EN LAS MINAS: EL MARTIRIO QUE UNIFICÓ A LA IGLESIA PRIMITIVA
En un hecho sin precedentes para la cristiandad del siglo III, el papa Ponciano y su rival, el antipapa Hipólito, han muerto mártires tras reconciliar sus diferencias en el destierro de Cerdeña. Este sacrificio conjunto puso fin al primer gran cisma de la Iglesia romana, sellando con sangre una paz que años de disputas teológicas no pudieron alcanzar.
El fin del primer cisma
La crisis, que se extendió por casi dos décadas, llegó a su clímax bajo el imperio de Maximino el Tracio, quien en el año 235 inició una persecución dirigida específicamente contra los líderes eclesiásticos. Tanto Ponciano, el décimo octavo obispo legítimo de Roma, como Hipólito, un erudito sacerdote que se había proclamado obispo rival en el año 217, fueron capturados y deportados a las insalubres minas de sal de Cerdeña, conocidas como la «isla de la muerte».
Ante la imposibilidad de pastorear a su comunidad desde el cautiverio, Ponciano realizó la primera renuncia papal documentada de la historia el 28 de septiembre de 235. Este acto de humildad buscaba facilitar la elección de un sucesor (Antero) y, junto con el gesto recíproco de Hipólito de pedir a sus seguidores que regresaran al seno de la Iglesia, permitió la pacificación definitiva de los fieles romanos.
Un conflicto de rigor contra misericordia
El origen de la fractura se remontaba al pontificado de Calixto I, a quien Hipólito acusó de ser excesivamente laxo al perdonar pecados graves como el adulterio. Hipólito, discípulo de San Ireneo y prolífico escritor en lengua griega, se consideraba a sí mismo el verdadero guardián de la tradición frente a lo que percibía como una decadencia moral y doctrinal en la jerarquía oficial.
Sin embargo, el rigor de Hipólito se transformó en perdón durante los padecimientos compartidos en el exilio. Ambos líderes sufrieron tratos inhumanos y fueron azotados hasta la muerte, alcanzando juntos lo que la liturgia describe como una «única corona de martirio».
Regreso triunfal a las catacumbas
Años después, el papa Fabián ordenó el traslado de los restos de ambos mártires a Roma. Ponciano fue sepultado el 13 de agosto en la Cripta de los Papas de las Catacumbas de San Calixto, donde su epitafio original con la palabra «Mártir» aún se conserva. Por su parte, Hipólito fue inhumado en un cementerio de la Vía Tiburtina, siendo recordado no como el autor de un cisma, sino como un «santo doctor».
Legado literario y arqueológico
A pesar de su turbulenta vida, Hipólito dejó una huella imborrable en la Iglesia a través de obras como la Tradición Apostólica, que describe ritos antiguos de ordenación y bautismo, y su Refutación de todas las herejías. En el siglo XVI, el hallazgo de una estatua de mármol del siglo III que lo representa sentado en una cátedra confirmó su estatus como uno de los intelectuales más importantes de la Roma antigua.
Hoy, la Iglesia conmemora a ambos cada 13 de agosto como modelos de reconciliación, recordándoles como los dos líderes que prefirieron la unidad de su pueblo por encima de sus propias pretensiones de autoridad.

