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San Martín de Porres, Religioso
Martes, 3 de noviembre de 2026
Color: VERDE/BLANCO
Primera lectura: Fil 2,5-11
Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses
Hermanos: Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre sobre todo nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: «¡Jesucristo es Señor!», para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial: 21,26b-27.28-30a.31-32
R/. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea
Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre. R/.
Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. R/.
Porque del Señor es el reino, el gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba. R/.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá; hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor. R/.
Evangelio: Lc 14,15-24
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas
En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!» Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: «Vengan, que ya está preparado». Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: «He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor». Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor». Otro dijo: «Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir». El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: «Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos». El criado dijo: «Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio». Entonces el amo le dijo: «Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa. Y les digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete».
Palabra del Señor
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“Tu lugar en la mesa ya está listo”
En el Evangelio de hoy, llaman la atención las excusas de los invitados en la parábola que Jesús relata… Prestemos atención y volvamos a leerlo detenidamente, fijándonos en los personajes y en lo que nos dice en lo profundo del corazón a cada uno de nosotros.
Al escuchar la exclamación que suena como una bienaventuranza: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el banquete del Reino de Dios!», Jesús cuenta que un hombre decide preparar una gran fiesta. Elabora la lista de los invitados, eligiendo a las personas llamadas a participar de esta comida tan especial.
Si nos ponemos en el lugar de este hombre, podemos imaginarlo emocionado, cuidando cada detalle —tanto grande como pequeño— para el banquete que ofrecerá a sus invitados: desde la disposición de las mesas, la comida y la bebida, hasta el postre con el que los sorprenderá. Todo esto preparado por amor.
Y cuando por fin llega el día, se levanta alegre y entusiasmado, tal vez antes de lo habitual. Cuando todo está listo para que los invitados comiencen a llegar a disfrutar de lo que les ha preparado, ocurre algo inesperado: todos los invitados comienzan a disculparse, uno a uno, con excusas supuestamente válidas.
¡Cuántas veces hemos escuchado el refrán que dice: «Desde que se inventaron las excusas, nadie queda mal»! Indignado, el anfitrión decide entonces invitar a otros que no estaban en su lista original, hasta ocupar cada uno de los lugares en su mesa.
Pensemos ahora en nosotros como invitados; es decir, como elegidos y llamados de manera personal por nuestro propio nombre para ser parte de una gran celebración y sentarnos a la mesa del banquete del Reino de Dios.
Tal vez, al recibir la invitación, pensemos que no es un buen momento, que tenemos otros planes o que no somos dignos. Y si aceptamos, a veces la buena intención no basta; responder implica un esfuerzo, tomar la cruz, negarnos a nosotros mismos y seguirlo. Requiere salir de nuestra zona de confort, incomodarnos, prepararnos y, en ocasiones, reordenar nuestra vida.
Reflexionemos: ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿Qué cosas ponemos por delante de Dios? ¿Dónde está nuestro tesoro?
En cada Eucaristía escuchamos las palabras: «Dichosos los invitados al banquete del Señor». El Evangelio de hoy nos recuerda que tú y yo somos dichosos y felices por haber sido elegidos por Dios mismo para estar cerca de Él y participar de la Eucaristía, anticipo del banquete de su Reino, desde aquí, ahora y con la vida en abundancia que nos ha prometido.
Reconociendo en Dios a un anfitrión lleno de amor que insiste en su plan de salvación para todos, y en cada uno de nosotros a los invitados escogidos, pidamos perdón por las excusas que ponemos y por las veces que hemos rechazado sus invitaciones. Pidamos también la gracia del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, para responder a su llamado con un «sí» generoso.
(Guía Litúrgica)
«No solo de pan vive el hombre» (Lc 4,4)

