Aunque las Sagradas Escrituras ofrecen pocos detalles sobre sus vidas, estos dos discípulos forman parte del grupo de los Doce elegidos por Jesucristo. Su testimonio invita a los cristianos de hoy a renovar la fidelidad al Evangelio, fortalecer la vida comunitaria y asumir con valentía la misión recibida en el bautismo.
Dos hombres llamados a seguir a Jesús
Cada 28 de octubre, la Iglesia católica celebra la fiesta de san Simón y san Judas Tadeo, dos de los doce apóstoles elegidos por Jesucristo para acompañarlo durante su ministerio y anunciar la llegada del Reino de Dios.
Sus nombres aparecen en las listas apostólicas de los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles (Mt 10, 2-4; Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16; Hch 1, 13). Aunque conocemos pocos detalles históricos de sus vidas, su pertenencia al grupo apostólico constituye un testimonio de la confianza que Jesús depositó en hombres concretos para continuar su misión.
La celebración conjunta de ambos apóstoles recuerda que la evangelización no es una tarea individual, sino una misión compartida, sostenida por la comunión, la oración y la fidelidad al Señor.
San Simón, el Zelote: el celo puesto al servicio del Evangelio
San Simón es identificado en los Evangelios como «el Cananeo» y «el Zelote». Este último apelativo suele relacionarse con el celo o la ferviente dedicación, aunque no permite establecer con absoluta certeza su pertenencia a un movimiento político determinado.
La Escritura no ofrece una biografía extensa de este apóstol. Sin embargo, su presencia entre los Doce nos recuerda que Jesús llamó a personas con historias, temperamentos y experiencias diferentes para formar una comunidad unida en torno a su persona.
El encuentro con Cristo transforma el sentido de la vida y orienta las energías humanas hacia una misión nueva. El celo que mueve al discípulo no debe convertirse en agresividad, intolerancia o imposición, sino en amor apasionado por Dios, defensa de la dignidad humana y servicio generoso a los demás.
Para la Iglesia de nuestro tiempo, san Simón representa una invitación a vivir una fe comprometida, capaz de superar la indiferencia y de trabajar por una sociedad más justa, fraterna y solidaria.
San Judas Tadeo: el apóstol que preguntó a Jesús
San Judas Tadeo es conocido popularmente por la devoción que numerosos fieles le profesan, especialmente en momentos de dificultad. No obstante, su importancia espiritual va mucho más allá de su reconocimiento como intercesor en situaciones desesperadas.
En los Evangelios de Mateo y Marcos aparece con el nombre de Tadeo, mientras que Lucas lo identifica como Judas de Santiago. Esta distinción ayuda a diferenciarlo de Judas Iscariote, el apóstol que entregó a Jesús.
Uno de los pasajes más significativos de su vida se encuentra en el Evangelio de san Juan. Durante la última cena, Judas pregunta al Señor por qué se manifestará a sus discípulos y no al mundo (Jn 14, 22). La respuesta de Jesús lo conduce al corazón de la vida cristiana: el amor se demuestra guardando su palabra y permaneciendo unidos a Él (Jn 14, 23).
Esta escena presenta a un discípulo que pregunta, busca comprender y desea profundizar en el misterio de su Maestro. Su ejemplo enseña que la fe no excluye las preguntas sinceras; por el contrario, nos impulsa a escuchar a Jesús, estudiar su Palabra y crecer en una relación cada vez más profunda con Él.
También existe una carta del Nuevo Testamento conocida como la Carta de Judas, que exhorta a los creyentes a mantenerse firmes en la fe recibida. Aunque la tradición cristiana la relaciona con Judas, no deben confundirse automáticamente todos los datos sobre su autoría con información biográfica comprobada acerca del apóstol.
Su trayectoria misionera y el testimonio de la tradición
Después de la Resurrección de Jesucristo, los apóstoles recibieron la misión de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Los Hechos de los Apóstoles presentan a la comunidad apostólica perseverando en la oración y esperando la fuerza del Espíritu Santo (Hch 1, 12-14).
Respecto a los viajes misioneros de san Simón y san Judas Tadeo, la tradición cristiana les atribuye la predicación en distintas regiones de Oriente, incluida Mesopotamia y Persia. También sostiene que ambos murieron mártires por su fidelidad a Cristo.
Conviene distinguir estos relatos tradicionales de los datos directamente documentados en la Biblia, pues las fuentes históricas disponibles sobre sus recorridos y las circunstancias exactas de su muerte son limitadas.
Lo fundamental de su legado permanece claro: la misión apostólica exigía anunciar a Jesucristo, formar comunidades de creyentes y perseverar en la fe aun cuando el Evangelio encontrara oposición.
Su testimonio nos recuerda que la Iglesia crece no solamente mediante grandes acontecimientos, sino también gracias a hombres y mujeres que anuncian a Jesús con sus palabras, sus decisiones y su manera de tratar a los demás.
¿Qué aportan estos apóstoles a nuestra fe?
San Simón y san Judas Tadeo nos ayudan a comprender varias dimensiones esenciales de la vida cristiana.
Primero, la fidelidad a Jesús. Ser cristiano significa mantener una relación viva con el Señor, escuchar su Palabra y procurar que sus enseñanzas orienten nuestras decisiones.
Segundo, el valor de la misión compartida. Los apóstoles no fueron llamados para trabajar aisladamente. La fe se fortalece en comunidad y se expresa mediante la participación responsable en la vida de la Iglesia.
Tercero, la perseverancia en las dificultades. La tradición del martirio de ambos apóstoles expresa la convicción de que el seguimiento de Cristo merece una entrega generosa. Su ejemplo anima a no abandonar los principios del Evangelio cuando aparecen obstáculos.
Cuarto, la esperanza cristiana. La devoción a san Judas Tadeo puede ayudar a numerosos fieles a perseverar en la oración. Esta confianza debe conducirnos a acercarnos a Dios, buscar orientación en su Palabra y actuar responsablemente ante los problemas, sin confundir la intercesión de los santos con soluciones mágicas.
Vivir el compromiso bautismal a la luz de su testimonio
El bautismo nos incorpora a Cristo y a su Iglesia, nos hace partícipes de su misión y nos llama a vivir como hijos de Dios. Por eso, la fiesta de san Simón y san Judas Tadeo ofrece una oportunidad para preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra identidad cristiana.
En la República Dominicana, donde las parroquias, las comunidades religiosas, los movimientos apostólicos y las familias desempeñan una función importante en la transmisión de la fe, el testimonio de estos apóstoles puede traducirse en compromisos concretos.
En primer lugar, estamos llamados a conocer y practicar la Palabra de Dios. No basta con identificarnos como católicos; necesitamos permitir que el Evangelio transforme nuestras relaciones familiares, nuestras responsabilidades laborales y nuestra participación ciudadana.
En segundo lugar, debemos asumir nuestra responsabilidad evangelizadora. El bautismo no nos convierte en espectadores de la vida eclesial, sino en discípulos misioneros. Cada cristiano puede anunciar a Jesús mediante la catequesis, el servicio a los enfermos, el acompañamiento de las familias, la atención a los pobres y la promoción de la reconciliación.
También necesitamos construir comunidades fraternas. Las divisiones, los prejuicios, la violencia y la indiferencia contradicen el mensaje de Cristo. Seguir a los apóstoles implica aprender a escuchar, dialogar, perdonar y trabajar por el bien común.
Finalmente, estamos invitados a perseverar en la oración y en la esperanza. En medio de las dificultades sociales y personales, la confianza en Dios debe impulsarnos a actuar con responsabilidad, solidaridad y compromiso, no a permanecer pasivos.
Una Iglesia llamada a renovar su misión
La fiesta de san Simón y san Judas Tadeo nos recuerda que el Señor sigue llamando a personas sencillas para colaborar en su obra. No todos los discípulos ocuparán posiciones destacadas ni serán conocidos públicamente, pero todos pueden ofrecer un testimonio valioso cuando viven su vocación con amor y fidelidad.
En estos apóstoles encontramos una invitación a revisar nuestra propia vida: ¿conocemos verdaderamente a Jesús?, ¿anunciamos su Evangelio con nuestras obras?, ¿somos constructores de unidad en nuestras familias y comunidades?, ¿vivimos con coherencia las promesas de nuestro bautismo?
Que la celebración del 28 de octubre renueve en la Iglesia que peregrina en la República Dominicana el deseo de formar discípulos comprometidos, comunidades solidarias y familias que transmitan la fe con alegría.
San Simón y san Judas Tadeo, apóstoles de Jesucristo, intercedan por nosotros y ayúdennos a vivir con fidelidad, esperanza y valentía la misión que recibimos en nuestro bautismo.

