La Iglesia Católica celebra cada 21 de septiembre la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista, uno de los Doce que acompañaron a Jesús y cuyo nombre quedó unido para siempre a uno de los cuatro Evangelios.
Su historia comienza en un lugar aparentemente poco relacionado con la santidad: una mesa de recaudación de impuestos. Allí, en medio de una actividad que lo hacía socialmente cuestionado y religiosamente despreciado por muchos de sus contemporáneos, Jesús se detuvo, lo miró y pronunció una de las invitaciones más transformadoras del Evangelio: «Sígueme».
Mateo se levantó y siguió a Jesús.
Ese gesto, aparentemente sencillo, contiene una profunda enseñanza para los cristianos de hoy. El bautismo no es solamente un acontecimiento ocurrido en algún momento de nuestra infancia. Es el comienzo de una vida nueva, una llamada permanente a levantarnos, seguir a Cristo y convertir nuestra existencia en testimonio del Evangelio.
Un hombre detrás de una mesa
Los Evangelios ofrecen pocos datos biográficos sobre Mateo. El papa Benedicto XVI señaló que las noticias sobre él son escasas e incompletas y que su perfil puede conocerse principalmente a través de los relatos evangélicos. Mateo aparece en las listas de los Doce y es presentado como «el publicano».
Era recaudador de impuestos. En la sociedad judía de aquel tiempo, los publicanos gozaban de una pésima reputación. Trabajaban vinculados al sistema tributario de la autoridad romana y eran asociados frecuentemente con la corrupción, la injusticia y la colaboración con el poder extranjero.
Pero Jesús no miró a Mateo solamente desde aquello que había sido o desde la imagen que otros tenían de él.
Jesús vio a la persona.
Y esa mirada cambió su historia.
El relato del Evangelio de San Mateo presenta el momento con extraordinaria sencillez: Jesús pasó, vio a Mateo sentado en el despacho de impuestos y le dijo: «Sígueme». Mateo se levantó y lo siguió.
No encontramos aquí una larga negociación. No aparece una lista de condiciones. No se narra que Mateo pidiera tiempo para organizar su vida.
Jesús llamó. Mateo respondió.
Ahí comienza una nueva historia.
Cuando Dios llama en medio de nuestra realidad
La experiencia de Mateo nos recuerda que Dios no espera necesariamente que una persona tenga una vida perfecta para llamarla.
Cristo entra en la realidad concreta de las personas.
Llama a Mateo en su lugar de trabajo. No lo encuentra en un templo, ni realizando una actividad religiosa, ni en un momento extraordinario de oración.
Lo encuentra sentado ante una mesa.
Esto tiene una enorme actualidad.
También hoy Jesús pasa por nuestras mesas: la mesa de una oficina, de un comercio, de una escuela, de una familia, de un taller, de un campo, de una universidad, de una institución pública, de una empresa o de cualquier lugar donde transcurre la vida cotidiana.
El bautizado no está llamado a vivir su fe solamente dentro del templo.
Está llamado a llevar a Cristo allí donde desarrolla su existencia.
Por eso, la vida de San Mateo puede convertirse en una pregunta dirigida a cada cristiano dominicano:
¿Estoy viviendo mi bautismo solamente como una tradición religiosa o como una verdadera vocación a seguir a Jesucristo?
Mateo se levantó
Hay un verbo que resulta fundamental en esta historia: levantarse.
Mateo estaba sentado.
Jesús lo llama.
Y Mateo se levanta.
Ese movimiento puede ser leído como una imagen espiritual de toda vida cristiana.
El bautismo nos incorpora a Cristo y nos introduce en una vida nueva. Pero esa vida nueva necesita expresarse en decisiones concretas.
Levantarse significa dejar atrás la indiferencia.
Levantarse significa abandonar aquello que nos aleja de Dios.
Levantarse significa reconciliarnos.
Levantarse significa servir.
Levantarse significa volver a la comunidad.
Levantarse significa descubrir que la fe no es solamente recibir, sino también entregar.
San Mateo no se quedó contemplando el paso de Jesús.
Se puso en camino. De pecador a discípulo
Uno de los aspectos más profundos de la historia de Mateo es que Jesús no solamente lo llamó: también entró en relación con personas que la sociedad religiosa de entonces consideraba indignas.
Después de la llamada, Mateo aparece ofreciendo una comida en la que se encuentran Jesús, sus discípulos, publicanos y pecadores.
La escena provoca cuestionamientos.
Jesús responde con una frase que revela el corazón de su misión: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos». Y añade: «Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
Aquí aparece otra enseñanza bautismal.
Quien ha recibido el bautismo no puede convertirse en juez permanente de los demás.
El bautizado está llamado a ser instrumento de misericordia.
En una sociedad marcada por divisiones, heridas familiares, violencia, pobreza, indiferencia y tantas formas de exclusión, la Iglesia necesita cristianos capaces de mirar como Jesús miró a Mateo.
No significa justificar el pecado ni negar la responsabilidad personal.
Significa reconocer que ninguna persona debe ser reducida para siempre a sus errores.
Cristo puede comenzar una historia nueva con quien decide abrirle el corazón.
Un apóstol para una Iglesia en misión
Mateo no se quedó solamente con la experiencia personal de haber sido llamado.
Se convirtió en apóstol.
El Evangelio lo presenta entre los Doce elegidos por Jesús.
Aquí encontramos otro elemento fundamental para comprender nuestro bautismo.
El bautismo no es una experiencia exclusivamente privada.
Quien es bautizado entra en una comunidad y recibe una responsabilidad misionera.
San Mateo nos recuerda que haber encontrado a Cristo implica también anunciarlo.
Por eso, la pregunta no debería ser únicamente:
¿Qué ha hecho Dios por mí?
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué estoy haciendo yo para que otros puedan encontrarse con Dios?
Un padre puede evangelizar educando a sus hijos.
Una madre puede evangelizar con su testimonio.
Un joven puede evangelizar utilizando responsablemente las redes sociales.
Un profesional puede evangelizar mediante la honestidad.
Un comunicador puede evangelizar poniendo la verdad y la dignidad humana en el centro de su trabajo.
Un catequista puede evangelizar formando nuevas generaciones.
Un sacerdote, una religiosa o un consagrado pueden hacerlo entregando su vida al servicio del pueblo de Dios.
Cada bautizado tiene una misión.
El Evangelio como memoria de una transformación
La tradición cristiana identifica a Mateo con el autor del Evangelio que lleva su nombre. El texto presenta de manera especial a Jesús como cumplimiento de las promesas de Dios y como Maestro que anuncia el Reino.
La antigua mesa de impuestos queda, entonces, contrastada con una nueva misión: anunciar la misericordia de Dios.
El hombre que administraba cuentas termina transmitiendo una historia mucho más grande que cualquier cantidad de dinero.
Su verdadera riqueza será Cristo.
Benedicto XVI destacó precisamente que el antiguo publicano, convertido en apóstol, continúa anunciando la misericordia salvadora de Dios y exhortó a los cristianos a aprender de él a levantarse y seguir a Jesús con decisión.
San Mateo y la República Dominicana
Para la Iglesia que peregrina en la República Dominicana, la fiesta de San Mateo posee además una significación histórica extraordinaria.
San Juan Pablo II recordó que el 21 de septiembre de 1496, fiesta de San Mateo, se realizaron en el territorio de la actual diócesis de La Vega los primeros bautismos conferidos en suelo americano. Entre los bautizados estuvo Guaticaba, quien recibió el nombre de Juan Mateo, junto con miembros de su familia.
Este dato histórico convierte la celebración de San Mateo en una oportunidad particularmente significativa para nuestra Iglesia.
La fecha nos permite mirar hacia los orígenes de la experiencia bautismal en estas tierras y, al mismo tiempo, preguntarnos qué significa hoy ser bautizados en la República Dominicana.
Más de cinco siglos después, la pregunta continúa vigente:
¿Qué estamos haciendo con el bautismo que hemos recibido?
Porque no basta con haber recibido el sacramento.
Hay que vivirlo.
Bautizados para transformar
El Evangelio proclamado en la fiesta de San Mateo incluye precisamente una referencia explícita al bautismo dentro de la primera lectura: «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos».
Ese «un solo bautismo» nos recuerda nuestra identidad común.
Antes que nuestras diferencias sociales, económicas, profesionales o culturales, somos miembros de un mismo pueblo bautizado.
Y esa identidad debe traducirse en fraternidad.
San Mateo puede ayudarnos a vivir nuestro bautismo desde cinco compromisos concretos:
Primero: dejarnos mirar por Cristo.
Mateo descubrió que Jesús podía ver más allá de su pasado. También nosotros necesitamos permitir que Cristo entre en nuestra historia.
Segundo: levantarnos.
La fe no puede mantenernos sentados ante nuestros problemas. El bautizado está llamado a ponerse en camino.
Tercero: cambiar de vida.
La conversión no es una palabra abstracta. Implica decisiones, renuncias y nuevas formas de vivir.
Cuarto: practicar la misericordia.
Jesús llamó a Mateo y después compartió la mesa con quienes eran considerados pecadores. El bautizado está llamado a construir puentes y no muros.
Quinto: evangelizar.
Mateo recibió una llamada personal que terminó convirtiéndose en misión. También nosotros hemos sido llamados para anunciar el Evangelio con nuestra vida.
La mesa que se convierte en misión
Quizás una de las imágenes más poderosas de San Mateo sea precisamente la mesa.
Una mesa que inicialmente representaba impuestos termina convirtiéndose en una mesa donde Jesús comparte con los hombres.
La mesa de Mateo cambia de significado.
También nuestras mesas pueden cambiar.
La mesa familiar puede convertirse en lugar de oración.
La mesa del trabajo puede convertirse en espacio de honestidad.
La mesa de una comunidad puede convertirse en lugar de fraternidad.
La mesa de la Iglesia puede convertirse en espacio de acogida.
Y la mesa de la Eucaristía puede recordarnos que todos estamos llamados a vivir como miembros de un mismo cuerpo.
San Mateo nos invita a comenzar de nuevo
La historia de Mateo no es la historia de un hombre perfecto.
Es la historia de un hombre que escuchó una llamada y tuvo el valor de responder.
Por eso resulta tan cercana.
También nosotros tenemos mesas en las que permanecemos sentados demasiado tiempo: resentimientos, comodidades, intereses personales, indiferencia, egoísmo, miedo, heridas del pasado.
Y también hoy Cristo continúa pasando.
Mira.
Llama.
Dice:
«Sígueme».
La fiesta de San Mateo puede ser, para cada bautizado, una invitación a escuchar nuevamente esa voz.
A levantarse.
A comenzar de nuevo.
A volver a la comunidad.
A recuperar la alegría del Evangelio.
A servir a los demás.
A convertir la fe recibida en una vida entregada.
Y para la Iglesia que peregrina en la República Dominicana, puede ser también una oportunidad para recordar que el bautismo no pertenece únicamente al pasado.
El bautismo es una misión para el presente.
San Mateo dejó su mesa y comenzó a caminar detrás de Jesús.
Hoy nos corresponde a nosotros preguntarnos qué mesa necesitamos abandonar, qué camino necesitamos emprender y qué Evangelio estamos llamados a anunciar.
Porque, como Mateo, también nosotros hemos sido mirados.
También nosotros hemos sido llamados.
Y también nosotros podemos levantarnos.
San Mateo, apóstol y evangelista, ayúdanos a vivir nuestro bautismo con la misma decisión con la que tú escuchaste la voz de Cristo: «Sígueme».
Para la Iglesia dominicana, su fiesta nos recuerda además algo profundamente significativo: en la memoria de los primeros bautismos celebrados en estas tierras, la historia de San Mateo quedó unida a la historia de la fe en nuestro continente.
Hoy, más de cinco siglos después, aquella llamada continúa resonando.
«Sígueme».
Y la pregunta sigue siendo nuestra:
¿Estamos dispuestos a levantarnos?

